DESPERTANDO a una NUEVA generación de SUEÑOS…

Hay MOMENTOS en que los COLEGAS de este medio nos traen VERDADEROS despertadores  para REALIDADES de una actualidad que es una MEZCLA rara de DESESPERANZAS e ILUSIONES DIGITALES  dignas de macondianos destinos…               Es así como la CONSULTORA & ESCRITORA la Dra LILIANA VALIÑA hoy nos invita a que  ¨Los SUEÑOS, sueños son..,

 Y como se decía por entonces…

¨DESPERTANDO a una NUEVA generación de SUEÑOS 

Desarrollo, medio ambiente y otra prosperidad

 

Hace poco leí una nota muy interesante sobre el último Informe de Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD, La Próxima Frontera). Se trata de un informe que anualmente publica la Organización de las Naciones Unidas (ONU) con indicadores que valoran diversos aspectos que hacen al desarrollo humano de los países, midiendo la prosperidad de los mismos en función de las condiciones de vida de su población.

 

Cada año presenta un énfasis temático destacado y ha tenido una evolución interesante en el tiempo. Como la mirada sobre el desarrollo de los países se concentró demasiado en los aspectos económicos, era importante posicionar las variables sociales y el acceso a derechos básicos para dimensionar mejor el desarrollo humano. En ese camino que la Organización de las Naciones Unidas fue transitando -no sin esfuerzos y resistencias- fue incorporando un enfoque de derechos y de género. En este marco, la consideración de parámetros vinculados a las desigualdades y la brecha de género, en particular, fue delineando un concepto más humano y ajustado del desarrollo, incluyendo adiciones a las variables de salud, educación, justicia, seguridad y libertades.

 

En esta ruta de ir actualizando las dimensiones, esta vez el informe agregó un elemento, desde mi punto de vista muy innovador y oportuno, mostrando cómo el índice de desarrollo de los países variaba ostensiblemente según se agregara unos indicadores ambientales, midiendo las emisiones de CO2 de cada uno de los países y la huella que deja su consumo en el planeta.

 

Los resultados arrojaron algunos datos muy llamativos provocando que muchos países con índices de desarrollo muy altos bajaran varios puestos y descendieran drásticamente al poner en la balanza su contribución en la degradación del medio ambiente. Por ejemplo, el país que ocupa el primer puesto, Noruega, desciende 15 lugares según el índice ajustado por la presión planetaria. Australia, el octavo, desciende 72 lugares, Canadá y Estados Unidos, en los puestos 16 y 17, descienden 40 y 45 respectivamente, Singapur del 12 desciende 92 posiciones, aunque el que más se ve impactado es Luxemburgo, que del puesto 23 baja 131 escalones. De la región, Chile, en el 43, sube 9 posiciones; Argentina,  en el 46, 20 posiciones; Costa Rica, en el 62, subiría 37 puestos y Colombia, desde el 83, sumaría 5 posiciones.

Una de las conclusiones que podemos advertir, aunque expresada menos directamente en el informe en cuestión, es que muchos y quizás la mayoría de los países muy desarrollados tienen una población con altas condiciones de vida gracias a la degradación del medio ambiente y su impacto sobre los países menos desarrollados, que en muchos casos son los que más fuertemente sufren las consecuencias del cambio climático y las emergencias medioambientales. De hecho, el propio Administrador del PNUD indicó que, como lo muestra el informe, “ningún país del mundo ha logrado un desarrollo humano muy alto sin ejercer una gran presión sobre el planeta” Aunque “podemos ser la primera generación en corregirlo”, agregó.

 

Para los que hacemos parte de America Latina, acostumbrados a naturalizar en cierta forma las desigualdades, ya que son tristemente parte distintiva de nuestra región y no hemos logrado superarlas, estas comparaciones mundiales nos entusiasman ya que representan una oportunidad para reclamar que las grandes regiones muy desarrolladas nos dejan afuera de la prosperidad. Sin embargo, si bien esto es relevante, sería muy útil tambien mirarnos hacia adentro y empezar los cambios en nuestros propios países y comunidades.

 

En este aspecto, el Estado y las empresas tienen un rol muy preponderante. El primero para orientar prioridades nacionales y locales y las segundas para aprovechar y reinventarse con objetivos que tomen en cuenta el mediano y largo plazo, incluyendo las consecuencias inmediatas de sus decisiones y acciones en términos de impacto social y ambiental. Por otra parte, la conciencia individual y ciudadana permitiría cambios de actitud y comportamiento que se traducirían también en presión social por mayor inclusión, participación y coherencia ambiental y política.

 

La pandemia que atravesamos la estamos viviendo con cambios que ya se están imponiendo en una nueva “normalidad”, y varios de ellos se anuncian con vocación de perdurar. Es una gran oportunidad para repensar modelos de negocios más ambientalmente sustentables y responsables (conscientes del gran impacto de la deforestación, por ejemplo), mejor distribución de las oportunidades y mayor participación de la diversidad que acoge nuestra población y nuestro planeta. Si dejamos de lado los prejuicios que se asocian a menudo al concepto de derechos y medio ambiente como limitantes del progreso y el desarrollo, podríamos reconciliarnos con el planeta y con nuestras diferencias y aceptar ser parte de una misma aldea mejorada, con un futuro más próspero.

 

Un elemento adicional que nos encadena en un desarrollo desigual y dependiente es sin lugar a dudas la corrupción que con mayor o menor descaro reina en la mayoría de los países de nuestra región. Me tocó trabajar en Guatemala en tiempos de la existencia de la Comisión Internacional contra la Impunidad (CICIG) cuyo mandato se concentró en apoyar al sistema de justicia en las investigaciones de corrupción. Que buena herramienta que podría ser un eslabón quirúrgico contra esta otra pandemia que sufrimos. Pero la corrupción no es algo externo, que se agrega a los obstáculos para un mejor desarrollo, es parte y consecuencia de la concepcion misma que tenemos de la prosperidad no asociada a la ética, y desvinculada de la libertad de nuestros propios sueños.

 

Soñar no cuesta nada. Pero ¿qué pasará cuando despierte? me pregunto…y me digo, no puedo seguir esperando que el mundo cambie, yo ya puedo aportar lo mío. Hay que evitar seguir desforestando sueños. No creo estar sola en esto…¨

 

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