EJERCICIOS FÍSICOS…

EJERCICIOS FÍSICOS…

Y contando con ese VUELO LITERARIO, directo al CENTRO de un BUENOS AIRES en la ARGENTINA donde nos pueden dejar esos DUENDES de un relato en el que se puede LLEGAR a lo más PROFUNDO de la NARRATIVA de nuestro querido y MULTIFACÉTICO  Dn LITO ZANARDI quien HOY nos acerca al CORAZÓN este..:

“EJERCICIOS FÍSICOS 

Cierta mañana paseaba por Avenida La Plata, una avenida que corre de Norte a Sur en la Ciudad de Buenos Aires. Cada tanto regreso al barrio movido por la nostalgia de los años de infancia, sólo para comprobar que nunca se vuelve al mismo lugar porque lo que extrañamos está hecho con materia de tiempo.

En la esquina de Avelino Díaz sobrevive el bar donde pasamos con amigos, en un tiempo remoto, numerosas noches hablando de todo y nada frente al viejo estadio del Club San Lorenzo: el predio, una vez desalojada la cancha, fue ocupado por un supermercado, que también debió partir para dejar en su lugar un tinglado empleado ahora como vacunatorio por el sistema de salud de la Ciudad de Buenos Aires. El bar se parece al que era, sobre todo por el tono ocre del ambiente, el mal humor del personal y el aire melancólico de los parroquianos.

Entonces lo vi a Florio, el cronista del barrio de Pompeya de la Ciudad de Buenos Aires, sentado a una de las mesas sombrías del fondo. Dudé si acercarme a él, dado el espectáculo fallido de su última charla.

Porque unas semanas atrás, Florio había concurrido al centro cultural Músculo, Tesón y Entropía para brindar otro de sus encuentros magistrales. En esa oportunidad, la tertulia invitaba a los participantes a practicar ejercicios físicos en el patio del lugar. El asunto había despertado una benevolente curiosidad entre los habituales concurrentes al centro, la figura esmirriada de Florio y su temperamento melancólico disuadían implacablementeque el hombre tuviera alguna habilidad como instructor de gimnasia. Sin embargo, asistió un público, variopinto pero también escaso, seducido por la promesa de hacer algo para bajar el peso adquirido por el abuso del asado de tira y, sobre todo, del vino tinto.

Nada de eso ocurrió.

Florio se subió a una escalera con dos pelotas en la mano, una de golf y otra de fútbol, y las tiró desde lo alto para reproducir la legendaria experiencia de Galileo en la Torre de Pisa, y así justificar que los cuerpos caen a la misma velocidad con independencia de su peso. Dijo, algo exaltado, que eso contradecía el pensamiento de Aristóteles, al que calificó de griego tirano para escándalo de los asistentes. Sin dar respiro, bajó de la escalera y escribió la fórmula que relaciona la masa de la Tierra y la de cualquier cuerpo con la aceleración de la gravedad y que justifica la igualdad de velocidades de los cuerpos en caída libre. Habló  luego de las penurias de Galileo aclarando que buena parte de los conflictos que tuvo con la iglesia fueron porque era un viejo fanfarrón y un poco pusilánime pues se avino a negar lo que había sostenido en sus libros, que la Tierra da vueltas alrededor del Sol y no al revés. Aunque, suspiró, pensando que por cosas así se quemaba a la gente en la hoguera como le pasó a Giordano Bruno, hay que convenir que no valía la pena correr esa suerte por un par de ecuaciones.

La mitad del público había salido espantado luego de la primera fórmula.

Sin desanimarse, arremetió con la segunda Ley de Newton. La aparición de los signos matemáticos del cálculo infinitesimal para explicar que la aceleración de un cuerpo depende de la fuerza aplicada sobre él, hizo que la segunda mitad del ya exiguo público siguiera a la primera. Entonces Florio dirigió una mirada desolada hacia el único asistente sentado en la segunda fila de sillas.

—Ya me habían advertido que la vista de cada fórmula disminuye el número de asistentes a la mitad. Es, claro, una función logarítmica— dijo con aire despechado y mirando hacia la nada. Luego, como en el tango, se fue sin decir adiós.

A pesar de ser la mitad de la mañana, Florio tomaba ginebra sin hielo. Le pregunté, cariñosamente, si no estaba yendo demasiado lejos con el alcohol.

—Para nada, lo compro en un chino que está a la mitad de cuadra.

—Además— le recordé— usted suele decir que sólo bebe luego de la puesta del Sol.

—Cierto. Pero nosotros, los anarquistas, somos ciudadanos del mundo. Y siempre se pone el Sol en alguna parte.

Comprendí que el intento de persuadirlo de que no se pidiera otra ginebra era inútil. El mozo le sirvió hasta el borde en la misma copa.

Florio observó la superficie del líquido. También yo. Temí que Florio soltara una parrafada sobre la fuerza de tensión superficial que hace que la superficie del líquido adopte una forma cóncava, pero no lo hizo. Suspiré, para mis adentros, con alivio.

—Discúlpeme por lo que le voy a decir, Don Florio, pero usted no me parecía un hombre de ciencias.

—Bueno— asintió con aire distraído— uno no siempre se parece a lo que es.

Contó que en un tiempo remoto había sido profesor de física. Pensé que, como tantos, había intentado muchas cosas. Hasta donde sabía, hombre de letras, disertante, incluso alguien comentó que en sus años mozos había conducido un taxi.

—Intentó un poco de todo.

—No con mucho éxito.

Tal vez le haga falta algo de suerte.

 

No creo en cosas que nunca ocurren.

 

Entonces usted no cree en Dios.

 

Por el contrario, creo en él. Pasa que él no cree en mí.

 

Será por eso que le falta suerte.

 

Veo que nos vamos entendiendo— dijo mientras pedía dos ginebras.

 

Le acepté el envite.”

Y mientras ellos las degustan… NOSOTROS nos INFORMAMOS…

 

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CONTINUARÁ

CON JABÓN…! NO COMO PILATOS PORFI 

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