El colectivo equivocado

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colectivo

Me llega un mail de Finlandia. Es de un compañero del colegio primario, algo así como Kerensky. En rigor, compañero sólo seis meses, del colegio de la esquina de Tucumán y Agüero, de donde me aconsejaron retirarme en primer grado. Me dice que espera que lo recuerde. El padre se niega a usar computadora, y las cartas no le llegan. Sigue viviendo en el mismo departamento de la calle Azcuénaga. ¿Sería yo tan amable de recibir una encomienda con fotos de los nietos, comestibles y alguna otra chuchería, y llevársela al padre eremita? Por supuesto, imagino una estafa, contrabando, estupefacientes; más probablemente una conspiración internacional. De pronto recuerdo a Kerensky: cara alargada, muy flaco, buen amigo. En una ocasión, me regaló una caja de figuritas de lata. Fueron unas coleccionables de corta duración, porque te cortaban los dedos. No eran específicamente de fútbol sino faranduleras, pero incluían también jugadores; entre otras, evoco las caricaturas de Orlando Marconi, Pipo Mancera y Bianchi. Todavía me pregunto cómo las hacían. ¿Por qué me regaló una caja? ¿Era generosidad o locura?

Me tomo el día para pensarlo y a la mañana siguiente envío el mail aceptando. Dos semanas después me llega un aviso de cartón: debo pasar a buscar una encomienda por la calle Comodoro Py. Quizás me esté esperando la policía. Hace un frío conmovedor. Supongo que en Finlandia será todavía peor; por algún motivo me lo imagino más confortable: una cerveza roja, un fuego de leña resinosa, dinero satisfactorio. Kerensky trabaja en el sector informático de una fábrica de componentes electrónicos. La caja casi no pesa y me la dieron enseguida; dos puntos a favor de Kerensky. Ya me advirtió que el padre no atiende el teléfono, que vaya directamente. Me digo que si todo sale bien, me como un shawarma en el local nuevo de la calle Paso. El padre atiende el portero eléctrico y ocurre un milagro: la puerta cede con la chicharra. Abre la caja delante de mí: latas de paté de ciervo, de salmón, de cangrejo; un pisapapeles, y lo que parece un señalador o cortapapeles, de madera también; un sobre blanco que intuyo serán las fotos de los nietos.

“En las vacaciones de invierno del 72”, me dice don Atilio, cuando pretendo marcharme, “ tenía que ir a Retiro y de ahí a la provincia de Tucumán, a vender cordones, botones, hebillas. Eran las nueve de la noche. Me tenía que tomar el 62. Estaba en Babia, no daba más. No sé qué colectivo me tomé. Aparecí en cualquier lado. Una señora me tocó el hombro y me dijo que ahí terminaba el recorrido. Debía tener un par de años más que yo. Me preguntó si tenía dónde dormir y le dije que no. Le ofrecí pagarle con la mercadería. Me llevó a una casa, con olor a humedad, medio venida abajo pero amplia. Vivía con sus dos hijas: una de 22 y la otra de 20. Por algún motivo, no querían estar solas. Tenían un kiosco a la entrada de la casa. Nunca caminé más de dos cuadras a la redonda. Ni siquiera estoy seguro del nombre de la calle. La comida me caía bien, Mirta y las chicas me respetaban, me daban todos los gustos. Yo atendía el kiosco un par de horas. El resto era ser el hombre de la casa. ¿Qué me contás?”.

–Lo he visto otras veces –comenté.

Sobre el fin de las vacaciones de invierno, un chico me trajo un paquete de figuritas fallado: ¿las de lata, te acordás? Le habían tocado cinco chapitas iguales, de Bochini. Se lo cambié y dejé las que me dio en mi mesita de luz. Alrededor de las cinco, amanecí con una de las figuritas de Bochini en la palma de la mano. Se ve que la había agarrado dormido: me había hecho un tajo y estaba manchada de sangre. Salí de la cama despacito, retiré una caja de figuritas del kiosco y caminé hasta la primer parada de colectivo. A las ocho de la mañana estaba en el Once. Mi esposa me preguntó que tal había estado la cosa en Tucumán y le dije que más o menos. Le regalé la caja de figuritas a Felipe, pero creo que no lo impresioné. Nunca dejó de sospechar de ese viaje. Todavía me pregunto cuál de los dos colectivos que tomé fue el equivocado. Nunca le conté esta historia a nadie. Creo que no veo a nadie desde que se fue Felipe, en el año 87. No fue directo a Finlandia, primero vagó por Europa. ¿Vos a qué te dedicás?

–Changas –repliqué.

Por Marcelo Birmajer
Diario "El Clarín"

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