¡Gracias Francisco!

Jorge Bergoglio fue, hasta hace pocos días, el Arzobispo de la ciudad de Buenos Aires, mi ciudad y la ciudad donde nació el Café Literario en 1980. Hoy es el Papa de mil doscientos millones de católicos. Para los que estamos fuera de nuestra tierra fue muy conmovedor recibir esta noticia y sigo sin ocultar la emoción, el orgullo y la gran alegría que llevo desde hace días. Me fui de Argentina hace muchos años. Lejos de la avenida Santa Fe y de la plaza San Martín, sin un real bife de chorizo y sin mate, me fui en busca de otros sabores y olores, de nuevas sensaciones, de algo que Argentina no me daba. Sólo se empeñaba en maltratarme y en enseñarnos a maltratarnos entre nosotros, a sacarnos el cuero diría el Papa Francisco. Viajo desde muy joven por el mundo: el deporte me impulsó y luego el país me eyectó. Aprendí a ver a la distancia y en esos viajes me crucé muchas veces con paisanos. Y entonces ¿qué ves cuando me ves…? –¿les suena?-. Pues muchas veces al cruzarnos sólo vemos frustración, bronca, angustia y la sensación de haber fracasado como sociedad. Y, de ahí, el ignorarse mutuamente, el “no verse” en un aeropuerto o hasta cambiar el tono y alejarse rápidamente. Como si para un argentino no hubiese nada peor que otro argentino. He hablado de esto con muchos ex compañeros de Colegio Mayor, amigos y paisanos y decidí hace años, a pesar de seguir siendo muy crítico con mi país natal, poner mi granito de arena para revertir esa actitud. A partir de entonces, cada vez que me encuentro con un compatriota -ya que mi actividad de promotor literario me pone en contacto a diario con mucha gente- nunca esquivo un intercambio de palabras, de energía, de apoyo, de afecto o de consejos. Cada uno de esos encuentros es para mí un momento único e irrepetible y me propongo hacerlo también inolvidable para mis interlocutores a los que les abro mi corazón. Lo aprendí de los españoles que se emocionan y se embarcan en una charla abierta con un: ¿Y tú, de qué pueblo eres?, cuando lejos de España se cruzan con un coterráneo.
Sé lo duro que es vivir fuera y cómo nos ven en ese afuera a los argentinos; conozco ese “qué ven cuando nos ven”, presente en tantos chistes y relatos que hemos escuchado y que ya no nos hacen gracia alguna.
Pero resulta que el 13 de marzo, cuando terminaba de escribir un relato para mi próximo libro, me entero en un bar madrileño de la elección de Jorge Bergoglio como nuevo Papa de la Iglesia. Estaba en el Patatus de Malasaña y empecé a vibrar como si de un patatús en argentino se tratara. La noticia de que un paisano llegaba a lo más alto que haya llegado ningún otro compatriota en toda nuestra historia de doscientos años me emocionó y supe enseguida que esto nos haría bien; no sé si mucho o poco, pero seguro nos haría bien a los argentinos. Instantáneamente visualicé que estábamos frente a un nuevo y gran desafío. Si el ser argentino afuera no es fácil y en casa tampoco lo es, a partir del 13 de marzo esto puede cambiar si vemos su simpleza y su sabiduría. Sin duda, el Papa Francisco nos ha reposicionado a todos los argentinos. No hay discusión. No existe ningún mito argentino que se acerque siquiera a tal posición en el mundo. Este guía espiritual de cientos de millones de personas nos ha elevado. Esto es así. Y a los que estamos fuera nos llegan felicitaciones, preguntas sobre él y un afecto que él supo despertar. Cuando pase esta etapa de júbilo y llegue el momento de la calma, y la cotidianeidad nos ponga a prueba, deberemos demostrar si sabemos estar a la altura de estas circunstancias. Al Papa Francisco le gusta el fútbol como lo sabe ya el mundo entero -¿será portada del Esquire Spain como Viggo Mortensen con su escudo de San Lorenzo?-, pero ojalá que internamente no transformemos esta luz que nos llega de él en un partido de fútbol o de tenis sino que rescatemos del Sumo Pontífice la sencillez y la humildad y entonces sí ganaremos. Que Dios nos ayude. Si además no le gritamos el gol en la cara a aquellos que cambiaron de actitud porque hoy ven algo distinto en nosotros, demostraremos que estamos entre hermanos y empezaremos seguramente a construir un nuevo modelo de sociedad.
No se si volveré a mi país pero quiero lo mejor para él. La emoción que significa este hecho es tan fuerte que, en el estado de shock que estamos los argentinos, es casi como volver a nacer, como resucitar frente al mundo de la mano de un grande que nos ayudará a crecer y a madurar como pueblo y como Nación.
Gracias, desde ya, Francisco.

L. Marcelo López-Conde A.
Madrid, marzo de 2013

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