OTRA HISTORIA de EL DORADO

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«Después de pasar un mes lejos de casa, a pesar de haber estado rodeado de familia y locura, realmente lo único que anhelaba era llegar a casa.
Así comenzó un día que creí iba ​a ​​ser un viaje normal.

Mi vuelo Bogotá – México salía 3:40 ​p.m del viernes. ​Ese día desperté con un la abue, empaqué, hice las últimas compritas y ya las 12 ​a.m., ​esperábamos a la tía Mónica para salir al aeropuerto. ​Llegamos y ​c​omo cualquier persona que viaja ​,​hice la fila, embarqué mis maletas y esperé que todo saliera bien.
Mi tía y mi abuela esperaban al final de la fila. La abue tenía las manos ocupadas pues estaba hablando por teléfono con su amiga Tere​. ​Estaban arreglando la llegada de mi abuela al lugar donde la esperaba​n para pasar​ un fin de semana en la finca. La abuela decía ​:​ «​e​stamos esperando que Cristina entre con todo listo a la sala de espera ​y ​ Mónica ​me lleva ​con ustedes… ​m​e esperan, no me dejen​!​»

-«Adiós abue, tía…muchas gracias por todo» – me di la vuelta ​t​tranquilamente, estando acostumbrada a viajar sola no me preocupa en lo más mínimo pasar esos filtros​,​ poner mi maleta de mano en una caja plástica, pasar y seguir mi camino hacia la sala de espera. Esta vez tuve que hacer una fila para que revisaran mis papeles y así todo estuviera en orden.
-«Buenas tardes»- el señor de migración miró mis papeles. – «Su permiso?» Sabía perfectamente de que me estaba hablando pero aún así le pregunte -«Permiso?» – de ahí en adelante el señor me trató como una ignorante y decidido sacarme de la sala pues no ​estaba permitido que un menor de edad viaje sin «permiso» de mis padres.
Me puse nerviosa y no quise ni dar la vuelta​. ​ ​E​l hombre me decía «camina» y yo rígida sólo le mandaba mensajes a mi papá​, quien estaba en México.
-​ no «voy a viajar….el permiso»​….

​Después respiré profundo, pues sabía que mi tía y mi abuela aún me esperaban afuera. Desde ese momento comenzó un viaje no tan normal.
Tuvimos que ir a una oficina para que nos dijeran lo que ya sabíamos, que mis papás tenían que mandar ​desde México ​un​ documento firmada por los dos ​en el consulado ​y así yo podría viajar. Fácil, eso llegaría a más tardar el lunes y el martes yo podría viajar.
​Sin embargo, el tiempo pasaba lentamente. ​​Una hora y media para que decidieran comunicarnos que hasta que no saliera el vuelo no me iban a regresar las maletas .
Decidimos entonces ir a tomar un café y relajarnos. La abue esperaba poder llegar con «Tere» y empezar su paseo.
Después de que nos avisaran que en más de una hora tal vez dos, no nos iban entregar las cosas, la mejor opción era que la abue tomara un taxi y así ​no llegara tan tarde.
Mi tía yo la acompañamos​, ​ la subimos al taxi y y creímos que no la veríamos hasta el próximo lunes.

​Todas las distancias que recorríamos eran largas entre el aeropuerto. Logramos llegar de nuevo ​a la oficina ​de Aeromexico y nos comunicar​o​n que básicamente ​esperaríamos una eternidad más.

-«En que andará la abue» dijo mi tía. Decidimos llamarla para ver cómo ​iba su viaje. Mientras que mi tía hablaba con ella yo miraba su rostro y ahí me di cuenta que algo no estaba bien. Si no era suficiente con la espera de mis maletas ahora ​habíamos perdido la de mi abuela.
Resulta que la Abue olvidó su maleta en el taxi​ que la llevó donde su amiga «Tere»​ y ahí si esta​ba​mos perdidas.
​Mientras yo esperaba sentada en el piso de un pasillo en construcción por mi maleta ​, mi tía ​corría escaleras abajo, donde salen los taxis y encontraba alguien que se apiadara de nosotras. A los 20 minutos regres​ó​ mi tía ​diciendo que debía ir a una oficina a revisar el vídeo con la hora exacta cuando la Abue subió al taxi y así vería ​su placa , para luego llamar al taxista ​y recuperar la maleta. Sonaba simple, demorado, pero aún así algo que no nos tomaría más de una hora.

Cuando por fin recuperé mis maletas ​acompañé a mi tía a la oficina ​del ​guard​i​a de seguridad. Los pasillos eran eternos, -«siempre la derecha» nos decía​n​. Caminamos​ y caminamos. Era el ​ ejercicio del año​;​ después de todo el drama mi tía y yo nos reíamos de esos eternos pasillos, que yo decía eran como un manicomio. ​Eran muy blancos,​había ​muy ​pocas personas pero entraban y salían de diferentes puertas, cada quien hablaba de un tema y a nadie parece importarle que dos personas, sin pertenecer a ningún lugar caminaban solas con dos maletas y morían de risa y cansancio la la vez.

Con 20% de pila entre dos celulares y sólo un​o de ellos con señal​,​ no teníamos muchas esperanzas de ser encontradas si algo nos pasaba. ​El guard​i​a de seguridad encontró en las cámaras el taxi en donde subió la abue, creímos que todo estaba solucionado.
​Recorrimos de nuevo hasta el lugar donde se toman los taxis​y buscamos alguien que nos pudiera ayudar a contactar ​al conductor. Resultó que no era tan fácil, todos tienen que llamar a todos. Por suerte nosotras estábamos, como dirían en México, con el «mero mero» Don Luis ​coordinador general de taxis Imperial en el anden​​, ​nos estaba ayudando con todo el procedimiento. ​Despues de un buen rato intentando ubicar la placa, ​resulta que la placa que ​nos dieron no era exactamente la que necesitamos, pues esa….no existía.

Mi tía y yo desesperadas nos sentamos, entonces fue cuando Jefferson entró en acción. Le dijo mi tía que la única solución era regresar a esos pasillos de manicomio, que ya eran llamados por nosotras como «Los pasillos de la depre», conseguir la foto ​original de la cámara de seguridad​ y así saber si los números eran correctos.

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Mir​é​ a mi tía, yo no quería volver a esos pasillos eternos, caminar por horas con dos maletas y después regresar al mismo lugar. Decidimos que lo mejor era que mi tía fuera, consiguiera la foto y yo la esperaría abajo con Jefferson que me cuidaría como si fuera mi niñera​, por solicitud de mi tía. ​
A pesar de que ya era su hora de irse, Jefferson no tenía problema en esperar un rato más y ayudarnos con nuestro pequeñísimo problema. Me quedé esperando​.​ Jefferson y yo hablamos de universidades y trabajos, en realidad de nada ​y de todo, ​pero por lo menos me distraje un rato. El y ​ Don ​Luis hac​ían​ lo posible para que pudiéramos irnos rápido y saliéramos ​d​e​ e​se manicomio​ y de éste día​.

​Un rato después, mi tía bajó de nuevo, ​ya teníamos las fotos​…..​ y ​sólo 1% de pila quedaba ​para ​mandarlas​ al celular de Jefferson para revisarlas​.
No s​e​ como ni en qué momento pero por fin teníamos los teléfonos del ​conductor del taxi. Como siempre Jefferson estaba un paso adelante y ya lo estaba llamando. Luis y Jefferson, nos h​icieron reír y olvidarnos un poco​ ​del desastre.

 

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Casi siete horas en el aeropuerto, ningún viaje y ​solo ​una maleta ​por recuperar. A pesar de todo el cansancio, ​las angustias, ​las caminatas por los pasillos ​d​el manicomio y la escasez de batería en los teléfonos, nos reímos y compartimos tiempo con gente especial que no se encuentra en cualquier lado. Como dirían el 80% de las personas con las que habl​é​ hoy «Todo pasa por algo…y por algo ​D​ios no quería que yo viajara».

​Cristina Franky​

NOTA DEL EDITOR:
Historias como esta se encuentra segundo a segundo en distintos AEROPUERTOS, de NO ser por la HUMANIDAD, de los JEFFERSONS de turno … De esos TAXIS IMPERIALES con un LUIS XXI acorde al SIGLO , las POLICÍAS LOCALES , y estas PROTAGONISTAD que hacen que la VIDA merezca SER VIVIDA…
O NO…?
UD elige ..nosotros se las mostramos …»OTRA HISTORIA…

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