50 Años de tradición

Enclavado en la cordillera Oriental colombiana, se yergue un pueblo de larga tradición histórica, Chinácota, antigua capital de la provincia de Ricaurte, testigo de la firma del tratado de paz de La Guerra de los Mil días, cuna del presidente Ramón González Valencia, testigo de la muerte del conquistador alemán Ambrosio Alfinger. Hoy en un país colmado de ferias, fiestas, y reinados sus habitantes se preparan para celebrar los 50 años de su tradicional Feria de San Nicolás, por este motivo publicamos el discurso de Manuel Antonio González Camargo pronunciado en la coronación de Ligia E. Torres como candidata al reinado departamental de la belleza a realizarse en dicha población el 18 de Septiembre de 1978 y que muestra el sentido de una región y de su gente.

24910500

CHINÁCOTA ERA UN PUEBLO BLANCO

Chinácota era un pueblo blanco, adornado con ceibos y samanes centenarios. Era una niña buena que lucía en los días de fiestas lazos de colores, para asombro de arrieros que bajaban por las trochas cargados de esperanzas y de flores. Era una calle solita y solitaria cuyas piedras lastimaban los cascos de las mulas y los herrones de los trompos de los niños.

Era una timidez encendida tras las rejas de los ventanales, que se entreabrían temerosas al paso del viajero caminante. Sus esbeltas palmeras no añoraban la presencia de los troncos de árboles mejores. Los relinchos de los potros despertaban los aullidos de los perros y el cantar de las cigarras. Los aleros de las casas sostenían teja nueva y guardaban, como joyas, en los grandes corredores, las orquídeas y las jaulas con canarios de la abuela bienhechora. Los cocuyos alumbraban la noche y comparaban su luz con los luceros. El granito no osaba tapar la blanca cal de las fachadas. Los esquivos tacones bailaban pasillos al son de los tiples. En las callejuelas y caminos reales, los gruesos portones chirriaban al paso lento de los peregrinos, que con rebozo bordado de encaje y recato, venían meciendo sus ramos benditos. Altares de carpas con jaulas y flores y vida. Apuestos jinetes en negros, castaños y moros caballos.

Chinácota niña, Chinácota nueva. Pueblito querido metido en el alma de los chinacoteros.

Ahora Chinácota, ciudad que despierta los celos de sus admiradores. El transparente destino de tu gloria está trazado. Al fin y al cabo, qué importa que las piedras de tus calles se hayan ido; qué importa que tus tejas rojas se hayan cubierto con escarcha y nostalgia por los años jóvenes; qué importa que las cigarras y los grillos ya no arrullen el sueño y la ilusión del niño. Que las golondrinas y las mirlas y los azulejos no tapen con sus alas los rayos del sol, en las mañanas. Qué importa que los caminos con sus piedras y su polvo estén añorando las huellas descalzas de los campesinos. No importa… porque sigues siendo buena. Porque en las tardes todavía el aroma de cafetos florecidos sale a encontrarse de visita con la fragancia rubia de los trigales fríos. Porque tienes en tus gentes el don del señorío. Porque en septiembre te vistes de gala y alumbras, con derroche de contento, porque ha llegado la ocasión buscada de mostrar a Colombia tu vocación de sembradora que cosecha triunfos para que la magia de la Feria viva. No importa que los años pasen, pues tienes la Corona de tus glorias aferrada al clima sin par de tus cerros azules.

Esta noche, esa Corona legendaria, que año tras año se impregna de sienes hermosas, se traslada de Amparo, la de nombre bendecido, la que supo llevar en sus ojazos los aplausos y los besos mil veces merecidos, para posarse silenciosa y dorada sobre la frente altiva de la morena esbelta de ojos soñadores. Rozando el azabache de su pelo quedará hasta septiembre de otro año. Se adornará de sencillez de niña; tomará la figura amorosa y dulce de la portadora tejedora de sus sueños donde palpita un corazón de Reina. Dormirá en las sienes de una hija juiciosa de unos padres sencillos y cordiales, que a costa de trabajos han ido edificando sobre el santo tablado de su hogar un altar enmarcado con ejemplos de virtudes y belleza.

Vivirá en la ingenua mirada dulce que está llenando de ilusión la vida, la vida de nosotros, la vida que con Ligia se ilumina, se despeja, aplaude, goza y vive, para gritar a los cerros, a los vientos y a las torres en donde viven las campanas y las golondrinas, que la Reina, la adorada, la Torres Muñoz, es nuestra Reina.

Qué importa que las aguas de los ríos se hayan ido, si cascadas de princesas calman la sed de los chinacoteros.

Candidatas: bienvenidas! Sois mensajeras de paz, portadoras de luz y de sonrisas. En nombre de la Chinácota de siempre, pongo a vuestros pies una alfombra de coronas, de rosas y de corazones agradecidos.

mag

      MANUEL ANTONIO GONZÁLEZ CAMARGO

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

error: Contenido Protegido