“ El COLECCIONISTA de CAFÉ…

Sabemos que el multifacético padre del CORSITA; joya nunca TAXI; y envidia de COLECCIONISTAS de modelos CLÁSICOS de CARROS especiales …pero además un ESCRITOR; que la gente pide a GRITOS como al alfajor JORGITO; el BIOQUÍMICO al que Ud le puede confiar sus ANÁLISIS de todo tipo porque el TIPO es hasta digno de SIGMUND FREUD & un BATERISTA con alto grado de HUMANIDAD de los aires del RINGO STARR de los afectos… y dejo la faceta del BON VIVANT para ahora pues entre su enfoque hacia la COCINA y sus PIPAS nos lo llevan a ese ESTAMENTO de un digno Mr LITO ZANARDI, quien nos sigue trayéndo… HOY este CAFÉ en su  EXQUISITA propuesta donde pone a PRUEBA esa taza que nos invita a conocer a…

“ El COLECCIONISTA de CAFÉ…

 

Siempre me llamaron la atención los coleccionistas. Creo que quienes recopilan cosas de alguna clase comparten ciertas características que los homologan con independencia de qué diablos sea lo que juntan. Todos ellos son conocedores minuciosos de esos objetos (monedas, estampillas, botones de nácar, alfileres de gancho, etiquetas de ropa, tarjetas funerarias, por nombrar algunos), y, cuando nos relatan sus particularidades, nos sorprende tanto conocimiento por cosas que consideramos banales. Sospecho que la razón que justifica coleccionar algo es llegar en cierto momento a ser dueño de un todo, pero, imagino que un verdadero coleccionista nunca considera que una colección está completa y por eso sigue buscando nuevas piezas. Conocí un periodista deportivo que en su periplo por Latinoamérica cargaba con una colección de El Gráfico del año 63 al 67 que intentaba vender cuando se quedaba sin plata. Hasta donde sé no consiguió convencer a nadie, pero sospecho que no quería hacerlo porque el precio que pedía era exorbitante. Otro amigo colecciona mapas. Dice que cualquier viaje empieza con la lectura previa de un mapa, y entonces está siempre viajando a alguna parte. Sé que está confeccionando un mapa en solitario en donde están las rutas personales de la gente que quiere pero no lo confiesa abiertamente porque teme que lo consideremos loco. Pero, en todo caso, es un loco inofensivo, no intenta torcer el destino de otros sino sólo registrar su rumbo.

 

Javier colecciona café, café de todo tipo, en granos o molido, conserva innumerables muestras de los lugares más conocidos y también los más inverosímiles. Como es corresponsal de guerra le tocó viajar por casi todas partes del mundo (no hay sitio que se preserve de ellas) y en cada lugar consigue una pieza para su colección. Como es natural, su despensa guarda en un lugar especial la colección más amplia, la que viene de Colombia e identifica como del Eje Cafetero, dado los numerosos lugares de ese país donde se cultiva café. Como el café suele venir en paquetes voluminosos, después de consumirlo lo conserva en unos frascos de laboratorio, potes con tapas de cierre esmerilado donde el grano conserva su aroma. Cuando llego hasta su casa es obligatoria la visita a la habitación en donde se conservan alineados los recipientes con diferentes puñados de café. Esta vez le llevo un saco de medio kilo que compré en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, la capital del estado de Chiapas, que tenía guardado especialmente para él. Toma la bolsa, la abre cuidadosamente, y guarda unos gramos en un nuevo recipiente. Anota en una etiqueta el origen, el día y quién se lo trajo. Sonríe con satisfacción, es el mejor regalo que pude haberle hecho. Lo acomoda junto a un pequeño frasco con un nombre escrito en cirílico. Le pregunto de dónde es.

 

—De Rezina— dice—. Un pequeño pueblo de Moldavia, casi en la frontera con Ucrania.

Toma el frasco, lo abre con precaución y me hace aspirar el perfume. Huele a café efectivamente, como todos los otros frasquitos, pero no reconozco nada en él que lo haga particular. Sin embargo Javier asegura que puede distinguir cada una de las piezas de su colección. No creo que sea así pero quién sabe, tal vez sea cierto y tenga un olfato muy particular.

 

—Estuve allí en 1991. En ese tiempo Moldavia era todavía una república soviética, pero estaba por dejar de serlo, aunque nadie sabía qué estaba pasando. Es increíble, pero en ese tiempo el comunismo parecía sólido. Sin embargo cayó casi en silencio. La gente de la CIA se enteró por los diarios que su larga lucha para destronar el imperio ruso había tenido éxito. Tampoco nosotros comprendíamos bien lo que ocurría. Pero ahora parece bastante simple explicar el derrumbe: simplemente la gente, funcionarios, oficinistas, oficiales, dirigentes del partido, en fin, todo el mundo dejó de creer en la patria grande de Lenin y Stalin. Entonces se disolvió como humo en el aire.

 

Juega con el frasco entre las manos.

 

—Alguien nos había dicho que por esa zona había algunas unidades militares que estaban intentando resistir la caída. Nunca se habló mucho de eso, pero lo cierto es que alzamientos así hubo por todo el viejo imperio. No tuvieron éxito, un tiempo después de esto que te cuento una fracción del Ejército Rojo dio un golpe de estado en Moscú pero el intento fracasó unos días después. Pero bueno, lo cierto es que en ese tiempo alguna gente se resistía a dejar de ser lo que había sido hasta ese momento. Eso siempre ocurre, pero, claro, estaban tratando de tapar el sol con un dedo. La cuestión es que alguien nos había pasado el dato de que en Rezina había una revuelta y queríamos cubrir la noticia. Como estábamos en Kiev, la capital de Ucrania, nos animamos al viaje. Llegar hasta allí fue bastante complicado, como el país estaba colapsando resultaba difícil conseguir cualquier cosa. Pero nosotros teníamos efectivo, dólares por supuesto, y nos fuimos abriendo paso. Viajábamos en un viejo jeep militar destartalado que habíamos alquilado por una pequeña fortuna. El motor atronaba, se lo debía escuchar desde varios kilómetros a la redonda. Porque los vehículos militares rusos estaban hechos así, tenían que ser ruidosos para que todo el mundo supiera por dónde pasaba el Ejército Rojo. La cuestión es que atravesamos Ucrania y llegamos hasta la frontera con Moldavia. Cruzamos de noche. Era otoño y había empezado la época de lluvias. Los caminos estaban inundados, el país parecía haberse convertido en una inmensa palangana donde se hundía todo. Pero el jeep aguantaba bien, sobre todo por mi compañero que era el que manejaba y había resultado diestro para esa tarea.

 

Me ofrece una taza del café que le traje. Lo saborea con placer.

 

—Bastante bueno— dice con aire de entendido—. Tiene un parecido con cierta mezcla italiana.

J

—Cuando nos faltaban pocos kilómetros para llegar nos detuvo una pinza del ejército soviético destacado en la zona. Los tipos no tenían buena cara. Nos hicieron bajar del jeep, que tenía escrito en varios lugares la palabra prensa en ruso pero era evidente que les importaba nada. Nos pidieron los pasaportes. El tipo agarró el mío, y, en ese idioma infame, empezó a gritar ¡argentino, argentino! No pienses que estaba contento por eso ni que se acordaba de Maradona, algo le debe haber caído mal porque me dio un par de sopapos con el pasaporte mientras seguía vociferando insultos (y Dios sabe que no hay idioma en el mundo que tenga tantos insultos como el ruso). Yo empecé a pensar que no había sido una buena idea llegar hasta allí y mentalmente le mandé un par de puteadas al tipo que nos pasó el dato de la revuelta. En ese momento apareció una oficial, sí, una mujer. Aparentemente era la que estaba al mando de la patota. No sé qué dijo pero los tipos se calmaron. Nos llevaron a una casa que estaba por allí y de pronto el ambiente se distendió. De algún lado aparecieron, increíblemente, unas botellas de vino y el infaltable vodka. Al rato estábamos comiendo y hablando sin entendernos un pomo. Hasta canté un par de tangos que fueron festejados como si yo fuera la reencarnación de Gardel. La oficial me miraba, no estaba nada mal, en realidad era un minón espectacular. En fin, pasaba el tiempo y cada vez estábamos más borrachos. La cuestión es que la mina se sentó al lado mío. No sé bien de qué hablábamos, mi inglés y el de ella eran igualmente desastrosos. En fin, que en algún momento la tomé del mentón y la besé. Fue un impulso, pero la vida está hecha de impulsos ¿no? Hubo un silencio mortal, todo el mundo, los soldados, mi compañero, y yo mismo, nos quedamos petrificados. Entonces la mina se sacó la gorra y me plantó un beso que casi me da vuelta como el forro de un saco.

 

Sonrió y dijo:

 

—Sasha se llamaba. Fue una noche inesperada pero te aseguro que valió la pena. A la madrugada, cuando me estaba vistiendo, le conté de mi afición por el café. Y si no tenía para darme un puñado. Me lo dio en un frasco de lata que tenía grabada la estrella roja con la hoz y el martillo amarillos en el centro. Entonces sonrió con una mirada extraña y me dijo, en su pésimo inglés:

 

—Yo también colecciono cosas. Hombres. Hasta ahora nunca había conseguido un argentino.

—Cuando me fui pensé que estábamos a mano ¿no te parece?— concluyó mientras acomodaba el frasquito de Sasha en su lugar.”

 

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