El PUENTECITO…de LITO ZANARDI…

En esta ocasión LITO ZANARDI el intelectual BIO-ESCRITOR …prepara su PIPA y como se conoce , nos hace el CUENTO …

YO SEÑOR ..?

SI SEÑOR..! Así nos lo dice en sus LÍNEAS a las que de seguro les agregó el AURA de su WHISKERA…buscando en el LABORATORIO de los RECUERDOS del ALMA las fuentes de acercamiento al SER…y allí donde los caminos se encuentran y en medio de un CHAT aparece este TEXTO que de manera generosa la VIDA; en HOMENAJE a los maravillosos BODEGONES de BUENOS AIRES,ARGENTINA; nos lo REGALA y nos tiende este GLAMOROSO…

 

“El Puentecito

Hace unos días mi amigo Miguel me llamó desde     el Chaco. Siempre que lo hace escucho como un eco el tintineo de unos cubitos de hielo que enfrían un vaso de Blenders, el whisky nacional. No sabés lo que me pasó, me dijo. Adiviné que sonreía del otro lado de la línea, esa sonrisa suele ocurrirle, me dije, por la compañía de ese amigo del hombre que es el escocés (esa asociación es de su autoría pero se la plagio de tanto en tanto). Estaba buscando un libro de entrevistas a Borges, siguió, lo encontré, y al hojearlo apareció un sobre…Veamos, arriesgué, una carta de amor francés, una flor marchita señal de tiempos mejores y románticos, una foto en sepia de cuanto todavía tenías pelo. Nada de eso, contestó. Mil quinientos dólares. El din-don volvió a sonar con timbre de campanitas felices. Luego de eso, y de correr a mi biblioteca a hojear con cierta desesperación, ya que no con esperanza, los libros que juntan polvo en los estantes, pensé en las cosas que uno se encuentra como por casualidad en cualquier parte. Entonces, a falta de dólares, apareció el recuerdo de El Puentecito, una vieja parrilla al Sur de Buenos Aires, que resiste el paso del tiempo y de las habituales crisis nacionales, en la ribera del Riachuelo.

​Alguien había mencionado el lugar en una charla a distancia de esas a las que nos hemos acostumbrado gracias a la plaga que recorre el mundo. Entonces apareció el recuerdo, olvidado junto con otros, como el paquete de dólares de Miguel.

​Era el invierno del año 75, agosto o principios de septiembre. Lo recuerdo así porque, cuando aparece la imagen entre las sombras de la memoria, estoy abrigado con un gamulán, agarrado al volante de mi antiguo taxi (un Chevrolet 400 Special que en esa época, por supuesto, todavía no era antiguo), conduciendo sobre el empedrado de la Avenida Caseros. Era uno de esos días de invierno porteño donde el sol débil apenas consigue despegar unas sombras de telaraña de los árboles desnudos que parecen dormidos. No eran buenos tiempos aquellos, poco más de un mes atrás había estallado una de las crisis económicas que recrudecen como un brote epidémico en el país y, del mismo modo, acaban con la vida, y también las esperanzas, de un montón de personas (excepto, claro está, de quienes las provocan). De un día para el otro se había devaluado la moneda en un ciento por ciento, por lo que el valor de las cosas se multiplicó por dos y, en consecuencia, el valor de lo que uno recibía por su trabajo se había dividido por el  mismo número. Así las cosas, había que seguir, de modo que aquel mediodía puse en marcha el Chivo (así se les decía a los Chevrolet), mirando con cierto temor el indicador del tanque de combustible: ese auto era, sobre todo, glotón, el tanque llegaba a cargar 60 litros de gasolina.

Estaba esperando la luz verde del semáforo de la calle Almafuerte, justo donde empieza el Parque Patricios, cuando se subieron cuatro tipos al auto. No los había visto venir, ni tampoco alguno hizo la seña con la mano para indicar que iban a subir. Uno, el más gordo (los otros tres eran igual de voluminosos) se sentó adelante.

—Hola pibe, vamos al Puentecito, yo te indico— dijo, dando por sentado que yo no tenía la menor idea de qué era el Puentecito ni mucho menos dónde quedaba.

Supuse que me iban a asaltar. El Chivo tenía varios defectos. Aparte de no contar con calefacción, por eso el Gamulán, el varillaje de la caja de cambios de tres marchas al volante, solía trabarse si no se pasaba con cierta clave de primera a segunda: si se lo hacía en forma directa, de abajo hacia arriba, la caja de cambios se atoraba en la primera velocidad. Con el tiempo había aprendido el truco para sortear la traba, que era hacer cierto movimiento en forma de S para encajar la segunda marcha. Esa vez logré trabar la caja frente a la Cárcel de Caseros.

—Tenemos un problema— mentí—. Se quedó clavado en primera. Imposible seguir.

—Para nada pibe— dijo el gordo a mi lado mientras me daba una palmada—. Somos mecánicos.

El tipo bajó del auto, abrió el capot, manipuló las varillas y liberó el cambio. Pensé, con aprensión, que estaba perdido. Así que ya resignado a lo que podía pasar, seguí manejando el Chivo por las calles del barrio de Barracas. Pasamos la cancha de Huracán, los hospitales para enfermos mentales Borda, de hombres, y Moyano, de mujeres, las viejas casas de obreros ferroviarios de estilo inglés sobre la calle California, y llegamos al Puentecito. Era un restaurante popular, fonda y parrilla, donde se sentaban a comer los trabajadores y vecinos de la zona.

Me pagaron el viaje con propina incluida.

—Y ahora pibe, te quedás a comer con nosotros ¿Dónde vas a encontrar a cuatro gordos que se quieran tomar un taxi con la malaria que hay en este país?

Pasé la tarde con esos cuatro, compartiendo una parrillada (chorizos, mollejas, riñones, vacío, entraña y tira de asado) y vino tinto servido en unos recipientes de porcelana que imitaban la forma de un pingüino. Luego volví a casa y me dije que, sea como sea, pasara lo que pasase en ese país tremendo, era posible encontrarse con gente buena.

No encontré mil quinientos dólares. Pero sí un recuerdo bueno. Que también vale mucho…”

FIN

Que lindo es el recuerdo de los BODEGONES del sur del CONTINENTE donde los sabores permanecen de generación en generación y solo se TRANSFORMAN en LINDOS cuentos…donde mas allí de las TENSIONES llegamos a disfrutar de una COMIDA que ACERCA….

Y  mientras esperamos más DEBUTS… nuestro COMPA LITO ZANARDI que era el ÚNICO que faltaba en estos TÍTULO. nos deja este… 

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CONTINUARÁ…

CON JABÓN…! NO COMO PILATOS PORFIS

 

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