La afición de Pablo

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cuento-apv                                                                                                                         El Rey by Nacho González

En mi Planeta en Acuarelas, había una vez un niño, al que le gustaba tanto dibujar, que pasaba gran parte del día, pintando en un papel todo lo que ante sus ojos se ponía.
Pintaba a su madre, pintaba a sus perros, pintaba las flores, pintaba todo aquello que vida tenía. Los objetos le importaban menos, el movimiento y la acción eran siempre mejor, a excepción de sus valorados juguetes, sus pinceles, sus pinturas, sus acuarelas, también como no, sus coches, sus balones y su preciosa guitarra, que dibujaba a menudo en la pizarra del desván.
Pablo se llamaba este niño, delgadito y alto como un suspirito, de pelo moreno y largas pestañas. Su viva mirada delataba lo que dentro de su cabecita llevaba, ideas y más ideas, divertidas, graciosas y a veces hasta maliciosas.
Este pequeño artista vivía en una casa con un bonito jardín, donde corría grandes aventuras que el mismo imaginaba. Siempre le faltaba tiempo para jugar y pintar, soñar e imaginar.
Tenía dos hermanos, tres chicos formaban esta numerosa familia, él era el del medio. Como en todas las casas, las risas, los llantos y a veces las bofetadas, no faltaban. El pequeño se llamaba Carlos y Guillermo era el mayor. Los partiditos de fútbol eran diarios a la llegada del cole, y como decía su madre -“en esta casa no será por pelotas”-,  raro era el mes que no se compraban balones, los que no se perdían, ya se encargaban los perros de jugar a su manera y dejarlos para ellos. Dos labradores preciosos, formaban parte de la divertida familia, por supuesto también jugaban al fútbol, eran buenos porteros. Llegaron a casa siendo cachorros, preciosos, como muñecos de peluche, tan deseados que no había perros más besados. La hembra se llamaba Queen y el macho Bruce. La elección de los nombres nunca es tarea fácil, ya sean animales, personas o cosas, así que ya os contaré el por qué de los nombres más adelante.
Pablo era feliz, gracioso, siempre con ganas de juerguecilla, con algún dibujo también siempre entre sus hábiles manitas. Su madre iba guardando todo lo que encontraba por la casa y él iba dejando a un lado, quien sabe por qué, quizá no le gustaba, quizá le disgustaba o simplemente no le divertía.  Isabel, así se llamaba su madre, siempre pensaba a quien había salido el niño, ya que nadie en la familia había dibujado como él. Desde que era muy pequeño sorprendía por su capacidad para reproducir fielmente lo que veía, a ella le admiraba, le gustaba, era el niño de sus ojos. Un poco delicadito desde que nació, pero bueno y cariñoso, mal comedor, inquieto y con buena voz.
Cuando Pablo desaparecía, ella sabía que estaba en el desván con sus pinturas, a veces en el jardín dibujando las flores. Su cabecita estaba siempre en acción, al igual que sus manitas de delgados deditos, que lo mismo pintaban un pájaro, que una flor.
Sus hermanos mucho más aficionados a los juegos de la Play Station y a ver la televisión, le dejaban a su aire, espiándole a veces a escondidas. A él no le molestaba, le daba igual, era capaz de dejar el lápiz, jugar y volver a pintar, seguía por donde lo había dejado y si lo abandonaba es que mucho no le gustaba.
Su imaginación le llevaba a tantos y distintos lugares que su ilusión era recorrerlos y dibujarlos, colorearlos. A veces pensaba como serían los pájaros de Brasil, o como eran los leones de Kenia, o como sería una gacela mansa…imaginaba y dibujaba, sacaba sus acuarelas y coloreaba a los habitantes de un planeta que tanto maravillaban a este pequeño artista.

Continuará….
Por Pilar F. de la Rosa

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