Para ELISA..!

Para ELISA..!

A veces nos hacen el CUENTO de la BUENA PIPA… y en otras el de la PIPA nos hace un CUENTO…

Es esto ÚLTIMO … un APORTE del GENIAL y CO-ACCIONADO del  qué ya se instaló en el CORAZÓN de nuestros seguidores, para NO SALIR…a menos que se olvide de ELLOS… Mr LITO ZANARDI…ese multifacético bioquímico y pluma excelsa, quien       por ahora… nos regala este…                                       

“Para Elisa

Hay nombres que son apropiados para el tango, nombres de mujer digo. En las letras del tango abundan los nombres de mujer porque, en su mayoría, hay que reconocerlo, los autores de tango son hombres. Y los hombres hablan de mujeres, sentados a la mesa de un bar cerca de la ventana o en un banco de plaza, durante la charla urinaria en un baño de oficina o, cuando se les da por eso, en las letras de los tangos. Así, hay nombres involucrados con el tango, casi diría, insoportablemente para quien los debe cargar. Recuerdo a una Malena, anoréxica y amante del tecno, que una vez me lo soltó así, como escupida: no soporto que me llamen Malena.

No siempre repasamos con cierta capacidad crítica la elección de un nombre, algo que oportunamente desatendieron los padres de Malena: ella, era evidente, no quería ser Malena, aunque no me sorprendió en aquel entonces descubrir que también su voz perfumaba a yuyo del suburbio. Pero no voy a hablar de esa Malena, tal vez lo haga en otra ocasión. Tampoco de Estercita, que siendo Milonguita llegó a ser la pebeta más linda e’ Chiclana, ni de la que llamaban Rosicler, como el primer rayo del día.

 

 

Voy a contar de Elisa, que también tenía un nombre musical aunque, quizás, no se lo habían puesto por eso. Sin embargo, también evoca para mí esas tardes de hojas de cobre en donde el aire arrastraba el sonido de un piano espasmódico ensayando la composición de Beethoven, que todavía resuena en mi memoria en las ráfagas del eco de un atardecer violeta. Era un tiempo en donde las lecciones de piano se ensayaban como un remedio para desalentar el fantasma de la pobreza: las chicas que sabían piano tal vez conocieran a un muchacho mejor que el promedio de los que jugaban a la pelota en la placita Buteller en un barrio humilde de la ciudad de Buenos Aires. En cierto sentido esta Elisa remedaba, quizás por la piel de lirio de su rostro borroneada en acuarela, a esas muchachas del barrio cuando anochecían las neblinas del sur que venían del Puente de la Noria.

 

 

La conocí en México. Elisa cantaba tangos, no ganaba mucho pero conseguía copas gratis. Había llegado a México luego de la crisis del 2001, cuando el país expulsaba con virulencia de vómito gente desesperada. No hay exilio que tenga nada de romántico. El económico ni siquiera comparte el heroísmo melancólico de los perseguidos políticos. La gente salía porque estaba harta. O, como me dijo una noche en medio de una sonrisa agria, “allá sentía que me estaba asfixiando y, lo que era peor, me estaba muriendo de tristeza. Entonces conseguí un pasaje. Me habían dicho que en México, con pinta de mina brava y cantando tangos, me iba a labrar un porvenir. Minga”.Para morirse de tristeza hay que estar preparado especialmente para ello. No importa tanto el lugar en donde estemos, a veces da lo mismo porque la tristeza puede ser también uno de esos hábitos que se llevan pegados a la piel como una peca gris. Labrarse el porvenir, por otra parte, es una declaración perfumada de tilo que evoca los consejos que se dan después de los ravioles con tuco y en un tiempo en donde todo era posible. Que la repitiera con una sonrisa la preservaba de ser aún más patética.

 

Cuando la conocí, Elisa tenía más de cuarenta años y eso, se sabe, suele pesar especialmente en las madrugadas cuando son frías y se comió un poco de nada durante el día para preservar el cuerpo. Tenía los ojos verdes, la voz fatigada por miles de cigarrillos y la boca marchita por otro tanto de lápices labiales demasiado rojos y demasiado baratos. Creo que se planchaba el pelo aunque no le iba nada en ello: de cualquier modo la iban a mirar de punta a punta, como se mira a una mujer en un bar que abre después de las siete de la noche y se agiganta sólo después de las doce. La habían contratado luego de tropezar por varios restaurantes regenteados por argentinos en donde se sirve carne norteamericana y las paredes están adornadas con alguna variante celeste y blanca y fotos viejas de Buenos Aires. La música en vivo es para que haya algo de barullo e impulsar la venta de choripán y vino tinto.

 

Aquel bar ya está cerrado pero quedan sus restos detrás de una faja ancha de clausura sobre la calle de Michoacán, justo en el centro de la Condesa, la versión del Palermo Hollywood de Buenos Aires en el Distrito Federal mexicano. Se lo reconocía porque en la entrada había guirnaldas mortecinas abrazadas en dos árboles y un valet parking de chaleco rojo que vendía cocaína debajo de una sombrilla. El lugar presumía de distinguido, estaba matizado en color violeta y, tal vez por ese viso de funeraria, disuadía de entrar a quienes curioseaban desde la vereda. Solamente el desatino del dueño, una mezcla imposible de inglés con argentino que se atragantó con Malvinas, pretendía que el sitio sería un buen negocio para vender comidas gourmet. Allí llegaban ingleses, argentinos, algún holandés extraviado y varios mexicanos sofisticados para tomar sucesivas copas a un precio razonable. Cierta noche se presentó Elisa y, ahora que nos recuerdo a todos, creo que era la pieza que faltaba en el lugar para completar el cocoliche de acentos que coincidían para promediar el trago hasta que la luz sucia de la madrugada cancelaba la noche.

 

Se presentaba acompañada de un bandoneón y una guitarra, los modos más breves para que no estuviera demasiado sola. A ellos los pulsaban dos muchachos, más o menos argentinos, pero no tanto como ella: les faltaba, para completarlo, la noción de que cada noche es una noche más y que, a la larga, terminan por sumar una hipoteca que no nunca terminará de saldarse. Empezaban el número cerca de la medianoche, cuando ya promediaban más de tres copas por garganta de algo más fuerte que el vino en cada uno de nosotros, ella incluida.

 

El primer tema era siempre Libertango. Ella lo escuchaba, tarareándolo en silencio, sentada en un banco alto junto a labarra y, tal vez, era la única del lugar que le prestaba atención al bandoneón que rasgaba el aire en ese solo de la mitad. Borges decía que la música es un idioma que algunos interpretan ytodos entendemos pero nadie puede traducir. Para mí, quien sabe por qué, ese solo de Libertango afila un reproche y eso deja cierto desconsuelo porque, como todos los reproches, se asienta en una culpa y en la desazón que da no poder resolverla. Pero quien sabe si Piazzolla intentó decir eso. No importa tanto, después de todo, la razón por la que fue escrito sino la que nos induce a escucharlo.  Entonces, después del menudeo de culpas y desazones, Elisa se sentaba entre medio del bandoneón y la guitarra, con el micrófono encendido y las piernas abiertas, para que no quedaran dudas.

 

Calzaba las letras en un atril por si se las olvidaba pero, más de una noche, la vi extraviar su lectura y arrastrar las frases. Me gustaba su versión del tango Nada, especialmente cuando dice sin querer te digo adiós y hasta el eco de tu voz de la nada me responde. Cierta noche le pregunté si recordaba Maquillaje, de los hermanos Expósito. Lo hice, tal vez, por cierta crueldad porque comprendí que también era tímida y, sobre todo, fatal, detrás de su máscara de arcilla y las ojeras con verdín.

Cuando empezó a cantar ese tango tuve la certeza, propia del alcohol de madrugada, de que se estaba metiendo en la letra, como si cumpliera el sueño literario que le impuso Bioy Casares a Morel de incorporarse a una ilusión que siempre había sido suya. No siempre las ilusiones son felices. También pueden ser tristes.

 

 

 

https://youtu.be/Ivn8CjdFw2Uj

 

 

 

Terminó de cantar, nos saludó con ese aire distraído que tienen los fantasmas y se fue por detrás de las cortinas de terciopelo. Al pasar, y casi con vergüenza, nos dijo adiós.

 

 

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CON JABÓN…! NO COMO PILATOS PORFI 

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