RECUERDO de NORA……desde. BUENOS AIRES…

“No voy en TREN … voy en AVIÓN…” nos canta el GENIAL y reconocido mundialmente CHARLY GARCÍA …

Y  en su relato nos vimos llegando al AEROPUERTO JORGE NEWBERY de un BUENOS AIRES con orgullo ARGENTINO…y si en medio de su relato MUSICAL , nos vemos entrando a un HOTEL del estilo del PESTANA, con las PUERTAS ABIERTAS sumando su CALIDAD & CALIDEZ  de otro NIVEL..

Que tiene al FRENTE a un BRASILEÑO con nombre y apellido ALEMÁN, el amabilísimo TIEBES KIEBER con más tonada ARGENTA que GARDEL..

Dirían por ahí …CARTÓN LLENO…!

Esto le da un MARCO digno de  la PLUMA… hoy más que nunca TANGUERA al que le suma el PERFUME del ASADO y el del SABOR del CHORIPÁN para un MENÚ en donde las LETRAS marcan el ESTILO desopilante del MULTIFACÉTICO  LITO ZANARDI … que hoy nos preparó este…

“RECUERDO  de NORA…

Siempre elegimos alguna clase de recuerdos para recostarnos en un tiempo mejor. No siempre sabemos cuando esos sucesos ocurren en cierto presente que más tarde, en general mucho más tarde, serán el cimiento personal de la nostalgia. Por eso, el calificativo de feliz para un recuerdo viene después, cuando ya fue convenientemente depurado y organizado con la minuciosidad de un relato. 

Cuando Javier me contó la historia de Nora, y de la única noche que estuvieron juntos, noté que se trataba de un recuerdo feliz porque él —no sé si ella consiguió hacerlo—  lo había decidido así un tiempo después. Pero sería injusto señalar que terminó por serlo porque en los numerosos años siguientes no le ocurrió nada mejor. O sí, cómo saberlo. Que algo encaje en la categoría de único depende de una decisión personal. Y eso no es cuestionable.

 

Javier me había invitado a su casa, unas semanas atrás, para compartir un asado. No nos vemos con frecuencia pero, como no hacía mucho que había regresado a Buenos Aires luego de varios años en el exterior, disfrutaba de ese tiempo transitorio en donde sobran invitaciones porque uno está recién llegado. Sabía que esos convites continúan hasta que uno se convierte en parte el paisaje habitual, por eso hay que disfrutarlos mientras duren. La casa, que da sobre Cobo un poco antes de llegar a Avenida La Plata, tiene una terraza grande en donde abunda el cielo. Pero esa noche el cielo estaba en otra parte gracias el velo de humo que provenía de los incendios del Delta. Recordamos que ese ambiente de humo se parecía al de los otoños de la infancia, cuando la humedad, el frío y sobre todo las fumarolas que venían de la Quema de basura, volvían irrespirable el aire cuando eran empujados por el viento del sur. Por eso abundaban las bronquitis.

 

Me pasé la infancia tosiendo y tomando jarabes que no servían para nada— sonríe Javier. Pero, en fin, todos los recuerdos son literarios y, entonces, su tiempo nos parece feliz. Por eso dicen que la verdadera patria es la infancia, porque esa es la razón de su nostalgia ¿no?

 

Abrí una botella de vino y serví dos vasos. Los chorizos brillaban en la oscuridad y coincidimos en que el humo del carbón mejoraba gratamente el aire que estábamos respirando.

Entonces me contó de Nora.

 

Nos conocimos cierta noche de otoño del setenta y siete. ¿Me creerías si te digo que no recuerdo exactamente la fecha? Fue, sin duda, en marzo. En ese tiempo era tachero, te acordás. Manejaba un Chevrolet 400. Había dejado un viaje en Flores, en San Pedrito y Directorio. Ya era tarde. Como era un día de semana había poco trabajo. Aparte, era una noche horrible, parecida a ésta por la niebla. Decidí, entonces, volver a casa. Estaba enfundando la banderita roja del reloj Nervex, cuando alguien abrió la puerta y se metió dentro del auto. Era una mujer, una chica, no le vi bien la cara pero era un auténtico minón. Cuando le advertí que ya dejaba de trabajar, me dijo, por favor, te pago doble el viaje, necesito llegar rápido. Me dio una dirección en Villa del Parque. En fin, que pensé que iba a ser buena plata, así que retomé por San Pedrito para seguir por Nazca. Intenté iniciar una conversación, pero me di cuenta de que la piba no tenía ganas de hablar de nada. En fin, seguí por Nazca hasta cruzar la primera barrera. Ahí, creo, empezó la cosa extraña de esa noche. Porque cuando estábamos por Juan B. Justo me dijo otra dirección, esta vez en Devoto. Y luego, de vuelta a Floresta. Al rato la cosa empezó a darme un poco de miedo. ¿Quién era esa mina que llevaba en el asiento de atrás? ¿Me iban a terminar asaltando esa noche? En un momento me metí por la calle Morón, justo donde está el Hospital Álvarez, y paré el auto. ¿Qué pasa nena?, le pregunté. Entonces, increíblemente, la mina se puso a llorar. Hace días que duermo en un colectivo, dijo. No tengo donde ir. Y, la verdad, tampoco tengo un mango, confesó. ¿Ah sí?, dije yo, ya bastante harto de todo ese paseo. Porque yo tampoco tengo un mango, por eso es que me paso el día aquí arriba. La miré bien. Tendría poco más de veinte años. Llevaba un bolso. Necesito pasar esta noche, me dijo. Sólo esta noche. Si me quedo en la calle me matan. Todo se está cayendo, la puta madre. Llevame a algún lado y no me denuncies, por favor, me rogó. Entonces entendí todo. En ese tiempo había mucha gente así. Sentí miedo, claro. Pero me dio lástima la piba. Y pensé también que si la dejaba por ahí le iba a pasar cualquier cosa. Todavía no se sabía de los campos, pero a nadie se le escapaba que estaban matando gente. Yo mismo había visto esos autos que pasaban arando la noche con tipos  adentro que iban a ninguna parte, o a todas. Me dije, también, que qué carajo me importaba a mí de todo eso, pero no sé, pensé que si la dejaba me iba a convertir en cómplice de una porquería. Entonces le dije que la llevaba a casa. Creo que comenté algo estúpido, algo así como pasemos la noche juntos, pensando en la canción de los Rolling Stones, Ella sonrió, y dijo, bueno, llevame, pero no me digas adónde. Cerró los ojos y bajó la cabeza, y cuando hizo eso, no sé por qué, pensé que estaba entregada como uno de esos prisioneros mansos que le hacen la vida fácil a un verdugo. En esos días, creo, pasaba algo por el estilo, todo les resultaba fácil a esos hijos de puta. La cuestión es que la llevé así, cerrada como se decía en esos tiempos, hasta casa. Hasta esta misma terraza—dijo con los ojos brillantes del humo de la infancia.

 

Serví otros dos vasos de vino.

 

Me contó que habían matado a su compañero un par de semanas antes. Así, dijo, “mi compañero”. Que habían reventado su casa y que no tenía contacto con nadie, hasta que, no se bien cómo, alguien le había dado una cita para el día siguiente. Que luego, dijo, trataría de irse del país. En fin, que en cierto momento, no me preguntés cómo, me acercó la cara y me besó. Era linda como un sueño de sol. Tenía el pelo castaño y los ojos color avellana. Siempre, o tal vez desde esa noche, me enternecieron los ojos color avellana. Me llevó hasta la cama. Hicimos el amor una vez. En algún momento lloró. En otro momento creo que lloré yo. Imagino que ella pensaba, entonces, en ese muchacho que estaba muerto. Yo no sé bien en qué pensaba. Quizás, en que todo eso se iba a disolver con el sol de la mañana. Me di cuenta, por única vez, que por alguna razón yo era bueno y que tal vez nunca más sería tan bueno como esa noche. Y que, y eso era terrible, nunca me iba a olvidar de ella. Y que siempre la iba a necesitar porque, justamente, no la iba a ver más. Cuando el cielo empezó a iluminarse, nos vestimos. La tomé del brazo, ella volvió a cerrar los ojos, y la llevé a tientas escaleras abajo. Subimos al auto y la dejé en cierta calle del barrio de Belgrano. Al llegar abrió los ojos. Nos miramos largo, como se miran las cosas que vamos a dejar pero vamos a recordar siempre. A propósito, me llamo Nora, dijo. Te agradezco el gesto, el gesto de esta noche, digo. Sos un hombre bueno. Me besó en la boca y yo me fui en el Chevrolet. Los otros días alguien me preguntó qué tiempo elegiría para volver, en el caso de que pudiera hacerlo gracias a algún hipotético agujero de gusano que incluyera un camino de regreso. Reflexioné, no sin cierta melancolía, que en el caso de que se pudiera efectivamente regresar en el tiempo, nadie nos asegura de que seríamos conscientes de ello, de modo que ese retorno no lo sería cabalmente. Uno viviría todo como si fuera la primera vez. Entonces el sortilegio del regreso se esfumaría. Por otra parte sería posible imaginar que, de ser así, siempre estaríamos volviendo. Pero, en todo caso, pensé que si tuviera que volver a alguna parte sería a esa noche con Nora.

 

El asado estaba ya a punto.

 

Creo que nunca me besaron como esa vez— dijo antes se servir un par de chorizos.

Recordé aquella frase de Troilo, la que decía que él nunca se había ido porque siempre estaba volviendo. Entonces le dije que sea dónde sea que estuviera Nora, tal vez ella elegiría, si pudiera, volver a esa misma terraza.

Me agradeció el comentario y yo le agradecí la invitación al asado.”

 

 

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CONTINUARÁ

CON JABÓN…! NO COMO PILATOS PORFI 

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